viernes, 16 de diciembre de 2016

Mi declaración de intenciones. Te pido perdón.

Esto, más que una carta, es una declaración de intenciones. Tengo la necesidad de atrapar todo lo que suena negro en mi cabeza y lastima por dentro, aun con la certeza de que va a seguir lastimando. Hasta para pedirte perdón soy egoísta. ¿Ves? No seas ciego, por favor. Que intento traer mi verdad, colocarla por delante y que se convierta en nuestro escudo.  Y es que ahora todo se ve más nítido porque ya no hay lágrimas que difuminen la escena, porque ya ni siquiera somos los actores principales. Nos hemos convertido en público de nuestra propia historia.
Quiero decirte que no me arrepiento de nada que haya contribuido a esa felicidad tan sincera entre tantísima catástrofe. Quiero que sepas que para mi era un regalo cada carcajada tuya y por eso sonará hipócrita todo aquello por lo que hoy vengo a pedirte perdón. Así que, de cualquier manera, ahí va:

Perdona por agobiarme cuando sólo pretendías preocuparte por mi. Es lógico que tuvieras miedo si me has visto disolverme entre las sábanas tantos lunes por la mañana.
Perdóname, de verdad, por todas las veces en las que mis "nada" lo eran "todo", y no tenía ni voz ni ganas para encontrarme.
Perdona por enfadarme cada vez que me contabas tus problemas en mitad de nuestras discusiones. Por darte a entender que así te lo llevabas todo a tu terreno.
Perdóname por todas las veces que me subía encima de algún escalón, banco o portal para decirte "Ahora soy más alta que tú", porque en ningún caso te hacía justicia.
Perdóname por todas las veces que no quise entenderte.
Perdóname por no buscarte en cada esquina cuando salía a la calle por si, por casualidad, eras tú la mirada brillante que intuía sobre mi cuando no me fijo en nada.
Perdona por todas las veces en las que me pedías verdad y yo te contestaba tan bajito que parecía mentira.
Perdona también los gritos; no quería que me conocieses vulnerable.
Perdona los reproches en los que siempre me quejaba de que todo lo que propusiera te pareciera bien. Sabía que se trataba del cuándo y del con quién y no del dónde ni el cómo, pero tardé en entenderlo de verdad.
Perdóname por hacerte llorar el día de tu cumpleaños. Sé que tú sólo querías compartirlo conmigo y fui yo la que no supo estar a la altura.
Perdona por las veces en las que te hice sentir culpable al echarme a llorar. Ahora sé que no era por ti, sino por mi incapacidad de canalizar los sentimientos.
Perdón por mi toxicidad. Por mi mal momento.
Una vez te dije que me daba miedo que lo nuestro sólo funcionara mientras uno de los dos necesitaba apoyarse en el otro y después acabara. Ahora piensas que lo dejé por no necesitar apoyo, pero en realidad es que siendo consciente de todo esto, tendría que haberte dejado flotar y haberme hundido yo sola.
Perdona por todas las veces en las que me mirabas para hablar y te apartaba la mirada, no es que me sobraran motivos, es que me faltaba valor.
Perdona por soltarte de la mano cuando íbamos por la calle esos días en los que soy blanco y negro a la vez, sin grises a pachas. Necesitaba un espacio que solo me sé dar yo misma y sabiéndolo, pocas veces te lo dije.
Perdona por hacerte creer un inmaduro dándomelas de adulta, cuando yo era la única niña que se dejaba consentir entre rabietas de algodón. Puta caprichosa de los cojones.
Perdona por no comprender que no pudieras verme en verano. Perdona por el egoísmo de mis viajes, por ese todo o nada entre mi "yo" y nuestro "nosotros".
Perdona por ese miedo a "el final", que lo pintaba demasiado cerca para lo que nos lo merecíamos.
Perdona mi falta de ganas los viernes por la tarde o los sábados por la noche, y el imán de mis brazos que te llevaba hasta esa vorágine de destrucción llena de lágrimas, sólo tranquila en la quietud de tus brazos.
Perdona mi chantaje sexual. Retenerte para que me comieras a mi en lugar de dejarte ir a que te comieras el mundo. Perdóname.
Perdona por todo lo que te di a entender, y que al entender bien, te hizo mal. Perdóname.
Perdona por hacerte creer que no cabes en mi vida, cuando la única realidad es que a veces no hay sitio ni para mis propias ganas.
Perdona por mi dependencia, mi debilidad y mis miedos. Sé que siempre lo aguantabas con amor, pero eras quien menos se lo merecía.
Perdona. Perdona por haberte necesitado en lugar de haber sido libre contigo.
Perdona por las dudas, que al final, acabaron por darme la razón, y hoy se han convertido en las certezas que me mueven a escribir esta carta.
                                                                                         Ya no te hiero más.
                                                                                           Quererte siempre.
Aunque como ves, yo nunca he sabido demostrar las cosas y aun quiero pensar que no es por falta de cosas que demostrar.
De verdad.
Perdona.
 

Pau. 

martes, 13 de diciembre de 2016

Imaginación adolescente y otras mierdas.

Me incitas.  Me esquivas,  me deseas,  me lo niegas y mareas sin llegar a cansar.
Me miras, sonríes y a la mierda con la autodestrucción.
Ya no pido guerra, sólo poesía.
Amores guarros,
días entre las sábanas,
cervezas
y las tantas entre besos y versos. O la degeneración de tus versos en besos.
Que me llenes la piel a partes iguales con el alma. Ya sabes.
No traigas guerra,
trae música y ganas.
Hazlo simple o complicado,
sabes que eso nunca fue un problema.
Pero no tardes.
Que la cerveza caliente sólo me gusta al sol,
y yo te espero para mis noches más largas,
las de caricia y saliva,
palabra y bocado,
beso y sed.

-CelesteRegner.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Alguna tarde de abril...

Me quieres porque no tengo miedo a perderte.
Por una seguridad sin cuerdas.
Por unos nudos sin fuerza.
Por unos sentimientos que no coaccionan
ni amenazan
con la quietud del conformismo.

Me quieres porque no pienso en si te quiero.
No me hace falta.
Pierde sentido cuando no queda ni uno libre
de tus noches.

Me quieres porque las metáforas son más realidad
que magia
sin dejar de serlo.
Nos quedan muchos trucos,
sin saber bien como hacerlos.

Me quieres,  imagino, porque aun no te he dado motivos para no hacerlo,
y me da miedo
esa tranquilidad en la que duermo
"sin ahogarme en el fuego o
arder en el agua".

Quiero que me quemes
y luego me quieras
hasta enfriarme cuando
te vayas.

Cuando me vaya.

Quiero,  quiero... quiero no dejar de quererte incluso cuando me encuentres.

CelesteRegner.


martes, 15 de noviembre de 2016

Hoy me siento vieja.

Papá decía : Miel y limón.
Abrazos de canela.
Susurros tibios.
Besos en la frente.
Miradas de ternura.
Chapetas encendidas.
Sudores fríos.
Frío en su calor.
Sábanas templadas.
Mamá decía : Leche y miel.
Madrugadas en vela.
Velas encendidas.
Ojitos apagados.
Lágrimas de fiebre.
Delirios de mimo y chocolate.
Calma disfrazada.
Pasillos infinitos.
Esperas tenues,  como la mañana, que siempre llega.
Miel,  leche y limón no,  que la leche y el limón se cortan.
Pero miel,  miel.  Siempre fue miel.
Mamá y papá mirando
hacia abajo en una sola dirección.
No era tan malo estar enfermo de niño,
si te agarran de la mano y te besan en la frente
a la vez,
dos personas que una vez fueron una,
y que en su debilidad retornan
para ser tu
fortaleza.
Miel, miel.  Siempre fue miel.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Juro que lo escribí un domingo.

Hace un año y medio Manuela y yo despertamos en Redes.  Una mañana de esas en las que el sol no te deja ver lo que tienes delante,  pero si sentirlo, sentirlo fuerte.  Era una mañana de esas en las que la resaca apenas te deja dar tres pasos. Los necesarios para llegar a la cafetería de la esquina.  Café e ibuprofeno. No era para tanto,  pero me gusta recordarlo así.
Era viernes.  Recuerdo haber despertado muchos viernes en casas ajenas.  No muchas,  lo prometo. Los viernes no había clases.  Los jueves las penas eran directamente proporcionales a las ganas de reír y salíamos. No todos,  no muchos,  pero si los suficientes. Sí los necesarios.
Aquel viernes paseamos por la plaza del museo.  Los yonkies se reían.
Manuela empezó a contarme que todos los domingos se montaban mercadillos de arte,  que la plaza se llenaba de pintores y musas, de brisas de óleo y canela,  de brillos de jazmín y azahar.
"A veces pienso que un día pasaré por aquí y uno de estos pintores me mirará,  y cuando lo haga no tendrá más remedio que pintarme.  No sabes como me gustaría ser la musa por una vez. La musa de alguien que me ve bonita, tanto,  como para querer plasmarme ahí. ¿Te imaginas?  vería mi cuerpo pintado sobre un lienzo expuesto en el mercadillo.  Sería surrealista que alguien me tuviera en su salón ¿no crees?  para morirse de risa." Manuela se reía y yo con ella.  Me ponían contenta sus idas de pinza.  Da gusto tener amigas así.
Hoy,  un año y medio después, a las 1:30 de la madrugada, estoy tirada en la cama pensando en esto.
He vuelto a pasar por esa plaza por casualidad y allí estaba el mercadillo.  Era domingo y la atmósfera era perezosa y brillante, lenta y acogedora, con la típica dulce agonía de este último día de la semana.
No he podido resistirme a pasar y mirar. Me he perdido en tres calles de cuadros, fotografías, pañuelos y colgantes multicolores.
No sé qué estaba buscando.  Sí a quien.  Moría de ganas de que algo pasara,  de que mi intuición tuviera razón y poder contarle a Manuela días después que las casualidades existen, que el destino también y que las mujeres tenemos una intuición maravillosa.
Esperaba que alguien me tocara el hombro para decirme por fin "Tranquila, estoy aquí ".
Me quedé mirando un cuadro en el que un chico estaba recostado con un gato encima.
Cuando levanté la vista,  el chico que llevaba ese puesto me miraba,  obviamente con la intención de venderme algo.
Me fui.
Caminé por Sierpes y Tetuán como buscando algo que no llegaba a encontrar. Porque las casualidades buscadas ya no son casualidades.
He llegado a casa a la hora de comer sin ganas de comer.
Sin saber qué buscaba pero sí a quién. Un conjunto de voces queridas agarrandome del hombro jurandome "tranquila,  estoy aquí".
Esta tarde he ido a un pequeño concierto con unos amigos.  He vuelto a tener el presentimiento de que algo iba a pasar.  Pero no ha pasado.  Por un momento he perdido a uno de ellos, y cuando veía que le buscaba me ha agarrado del hombro "Estoy aquí " lo sé, lo sé.
Y nada.
El día ha sido bonito.  Me gusta que mi intuición tire de mi vida de vez en cuando, como caminar con los ojos vendados,  sin saber hacia dónde te diriges pero en el fondo segura de que no será un lugar desagradable.
Y aquí estoy.  En mi cama.  Pensando en todo esto.  Sólo llego a una conclusión:
Al final para encontrar vamos a tener que salir sin buscar.
Y que diga la vida, y que viva la dicha, y que diga lo que quiera, que está para vivirla.
Si,  definitivamente tengo que estar tranquila.  Estoy aquí.
@Celesteregner

martes, 19 de julio de 2016

Me debato entre 
el calor
o el fuego
sin término medio. 

No contemplo 
que el calor provenga del fuego 
ni que el fuego me arrope con su calor
sin arder, 
y por ende,
sin consumirme.

No quiero consumirme. 
A veces creo que si,
pero sólo es cansancio;
cansancio de que las cosas que quiero
no vayan como quiero que vayan.

Siento el pecho denso
y eso me hace contemplar 
una libertad cada vez 
más lejana.
Sin saber de dóndes, cómos, cuándos ni por qués.

Siento el pecho denso
como nubes grises 
y lluevo. 
Lluevo sal. 
Ni siquiera tormenta. 
Si por lo menos truenos. 
Si por lo menos rayos. 
Si por lo menos luz, 
a instantes.
Si por lo menos...
Pero por nada. 


El pecho denso y encapotado,
a veces cálido y pegajoso
como en aquellas tormentas de verano, 
en las que ni siquiera truenos, 
ni siquiera rayos. 


Y espero el fuego 
del árbol perdido en mitad de 
ninguna parte,
que supo encenderse en rayos
en mitad de su propia tormenta.

sábado, 9 de julio de 2016

Sin título.

El calor huele a tomate y humedad, 
a sudor evaporado,
a agua clara y cloro de jardín, recién cortado.
Y recuerdo aquellas tardes en las que escapar siempre era la mejor opción cuando el sol se rendía, 
e íbamos buscando hasta el último ápice de luz. 
Lo esquivábamos todo. 
Las piedras, joder. Las piedras, que se iban haciendo más pequeñas a través de unos pies cada vez más ágiles, cada vez más rapidos, cada vez más insaciables.
La brisa templada
y su chillido en los oídos. 
Ahora sé que en aquellos  momentos éramos libres, porque por mucho que lo creyéramos 
no teníamos miedo.
Sólo un atardecer inmenso sobre los campos de tomate
y un laberinto de arena gris, más naranja a cada instante. 
Es curioso, 
como a veces, 
aquellos momentos que creímos tan horribles en el pasado han resultado ser los mejores en un futuro,
y ya no queda mas remedio que pensar que el presente está loco.
Así que si,
que qué relativo ha resultado ser el tiempo,
y que caprichosa la vida.

miércoles, 8 de junio de 2016

Hierro frío nunca se dobla.

Dicen que en esta vida lo que no te mata te hace más fuerte, y me lo creo. Que Dios aprieta, pero no ahoga. Ahora lo sé. Eres tú quien decide si quieres ahogarte o no. Que eso de que  las cosas fáciles no merecen la pena es relativo. Merecerá la pena todo aquello que quieras que merezca la pena. Que lo difícil reconforta, y tanto, claro que si. Como que llegue aquello que creías que nunca iba a llegar y se te llenen los pulmones, los mismos que han estado vacíos a base de desilusiones. Si, definitivamente un alma vacía es un alma llena de desilusión. Y no puede ser. No debería ser, como tantas otras cosas que al final son. 
Hoy estás arriba, mañana abajo. Por el día ríes y por la noche lloras. Día si, día no, día si, día también. Pero ya está. 
Hay días tontos, semanas tontas, meses tontos e incluso años tontos, pero no hay que ser tan tonto como para que eso se convierta en toda tu vida.
 Que lo sé. Que todos lo sabemos. Que no estoy diciendo nada nuevo, ni lo pretendo. Ni siquiera entiendo muy bien a qué de debe el afán por compartir este tipo de cosas. 
Son secretos a voces. Son gritos en silencio. Son letras que gritan lo que una voz ya no quiere. 
No me considero una persona fuerte. Mis circunstancias le han demostrado a mis maneras de afrontar las cosas que la fuerza es otra cosa, y no lo que he estado aplicando a mi vida todo este tiempo. 
No. Definitivamente no soy una persona fuerte, o más fuerte. Pero ahora sé que sé un poco más. Y me vale. 
Me vale porque me llena, porque me sacia. Porque sabe expulsar a la desilusión. 
La vida nunca dejará de sorprenderme, y las personas que forman parte de la mía tampoco. 
Nacemos sabiendo llorar. Y lloramos por todo. Sentimos lo que lloramos, y lo asociamos al dolor, a la angustia.
Sentimos lo que lloramos. Por eso adoro que me hagan llorar de felicidad. He aprendido a llorar de felicidad. Me han enseñado a llorar de felicidad. Y es llorar, y es precioso. 
Esto no es un punto de inflexión. Es un punto y seguido, porque al final de lo que se trata es de eso, de seguir, de insistir. De ser cabezota con aquello que uno quiere. De hacerse oír. 
Necesitamos pruebas de que las cosas no van tan mal cuando creemos que las cosas están muy mal. Y ahí es cuando aparecen tus amigas hablando de ir a Lisboa con toda la ilusión del mundo,las mismas que ya sea de cervezas después de un examen o de fiesta te dan la vida, aunque las veas menos de lo que te gustaría, los amigos que no te dejan estudiar sola en la biblioteca porque una ensalada de pasta del Bocamarket sabe mejor en compañía, las amigas que te traen muffins caseros para el café un domingo cualquiera, las que te mandan videos y fotos chorras de Facebook porque saben que estás de reventada como ellas... Están esas personas que no dudan en irse de cervezas contigo un martes de locura a Alfalfa teniendo clase a las ocho del día siguiente, que luego son las mismas que te han visto llorar a más no poder por dentro mientras dices "todo está bien", y si,  aun así te conocen lo suficiente como para saber que no es así y no dejarte sola. Están esas personas que te escriben poco pero en el momento justo. Están esas personas que están poco pero que siempre están, porque son omnipresentes en tu cabeza y en tu vida,y son las mismas que vienen de sorpresa a verte a yo no sé cuantos kilómetros. Están esas personas que escriben y quieren que lo leas, que comparten, que sienten, que viven, que tiemblan, que transmiten. Están aquellos que comparten nervios contigo antes de un examen o risas en los momentos menos adecuados. 
Están esas personas en la primera fila frente a un escenario en ese primer suspiro antes de que recite en público por primera vez. Que lloran de la risa y de los nervios, y se dejan las manos en aplausos cuando acabas, aunque haya sido una mierda.
Están esas personas que aparecen en una feria después de yo no sé cuanto tiempo y te recuerdan lo maravilloso que es vivir sin tapujos. 
Está esa persona que por las noches me abraza fuerte para recomponerme cuando me siento un poco rota y me cuenta historias hasta que me duermo, que me enreda el pelo y me hace respirar ahogándome de la risa.
Están esas personas que te llaman 934750935 veces al día, llámense madre y hermano. 
Está mi padre tomando algo conmigo en una terraza mientras intentamos reirnos un poco de la vida, que falta nos hace. Y me llama, y se preocupa. 
Y por último, y por esto escribo lo que escribo, está una de las personas a las que más admiro en el mundo (como si admirara poco a todos aquellos que pueden encontrarse en estas palabras). 
Esa persona me ha dicho "hierro frío no se dobla, Paula. Con el caliente pueden hacer lo que quieran". Y me ha recordado que lo que no te mata te hace más fuerte, y que Dios aprieta pero no ahoga. Y que hay que seguir, y seguir, y seguir. Que de las malas etapas aprende uno a enfriarse. Y que los pequeños detalles de las personas que he mencionado son aire. Aire frío. Oxígeno.

sábado, 21 de mayo de 2016

Gardenia y Jazmín.

Cuando estoy tumbada en mi cama, en la tarde temprana, con la ventana abierta en mitad de un caluroso día de mayo y los rayos del sol templan mis pensamientos, yo te quiero. 
Es algo que ya esperaba saber pero que en ese momento sé por completo. No sabría explicar cómo ni por qué. Yo simplemente te quiero. Te quiero y puedo saberlo y reconocerlo. 
La mañana había sido agotadora. Hay días en los que te levantas sabiendo que te va a costar un riñón comerte el mundo. Por eso te quedas diez minutos más remoloneando en la cama, para hacer hambre. 
"El calor va a devorarte hasta los sudores, sal a correr ya", "piensa en un vientre plano, joder", "con lo bien que te sienta hacer ejercicio al ánimo, capulla, levanta". Y poco más. Manzana al canto, té verde y 45 minutos de cardio mañanero hacen falta para ver el día de estudio con otros ojos. Lejos de todo el agobio que comporta sentirte postrada a una silla, sintiendo como el cuerpo se te pone blandito de mover mucho la mandíbula en lugar del culo, pero ya está. 
Mis grandes cambios siempre han ido acompañados de una mejora física. Llamémoslo si queréis mayor seguridad en una misma, o no. Como sé con certeza que sólo con mi personalidad no llego ni a la vuelta de la esquina, necesito un cuerpo más bonito para poder inflarlo de valor después, que antes es demasiado difícil. O puede que todos esos estudios relacionados con el deporte tengan razón y se liberen tensiones. 
Vivo tensa. Y cuando no lo hago me siento mal por estar demasiado tranquila. "En algún momento viene el golpe, espera y verás pequeña". 
Es jodido. Mayormente porque lo que parece una herida abierta podría haber sido sólo un rasguño si no me hubiera dado por salir corriendo del susto y haberme puesto a llorar como una energúmena. Si, creo que esta metáforma me define muy muy bien. 
El caso, que es una mierda cuando crees que sólo te has tropezado y sigues sentada en el suelo, como también lo es coger impulso pensando que vas a levantarte y te vuelves a caer de culo. Pero no sé, quizás mi solitario culo necesitaba un descanso de tanto andar a trompicones. Quién sabe. 
Y ahí me veo, sentada en el suelo mirando a todas partes, dando vueltas todo a mi alrededor. Yo quieta. Dejándome levantar y volviéndome a caer porque no sólo hacen falta tres manos amigas. Y encima le echo la  culpa a las manos porque son pocas, en lugar de decirme a mi  misma que lo que necesito es equlibrio, y que la pesa que falta es la mía.
Y ahí me veo. Sentada en el suelo hasta que me da por levantarme para salir a correr. Pero esta vez no hablo de huir, lo prometo. También os permito no creerme, aunque me gustaría que lo hiciérais. 

A las 9 de la mañana el sol pica. Pero la brisa con olor a salitre calma cualquier inquietud. Cierro los ojos y por un momento creo que puedo oler el sol, saborear el calor, acariciar la brisa. Me encanta ver a los ancianos madrugando para su paseo, tomando café, leyendo el periódico, hablando de qué barato era todo hace unos años, sintiendo nostalgia de un pasado incierto, que no futuro, aunque también. 

Hay una cuesta mortal por la que se llega a un mirador que me encanta, a pesar de estar lleno de escombros, compresas y jeringuillas usadas (no están muy a la vista, solo los privilegiados exploradores de explanadas visiblemente perdidas tienen ocasión de descubrir semejantes tesoros). Llega un punto en el que siento que los gemelos me van a explotar y acelero el paso para llegar antes, estirar y poder emprender la carrera ya cuesta abajo. Eso si que es gloria bendita. En ese momento todo parece encajar, como cuando follas con la persona a la que quieres, o quieres a la persona con la que estás follando.
 Voy adelantando a la gente que se cruza, la música suena muy alto en mis oídos y sólo me apetece acelerar y acelerar y acelerar. Es una maravilla. La libertad de sentirte parte del aire que va a yo no sé cuantos kilómetros hora, o de brillar como el sol, sudar como el calor, sentirte agua fresca en la sombra, risa en un niño y pique con otros corredores. La libertad de sentirte parte de algo con lo que no se estaba conectado de antemano. la libertad de sentirte libre mientras formas parte de algo. Y sentir ese algo. 

He llegado felizmente cansada. Hacía bastante que no utilizaba esa frase. Me gusta. Me gusta casi tanto como la fruta fresquita del desayuno o la leche de soja con cacao. Me gusta. 

Llegados a este punto podría hablar de los desengaños. De como el querer estar bien con alguien a quien adoramos a pesar de que nos suelta bombas en la cara, hace que seamos nosotros mismos los que le miremos a los ojos como diciendo: "oye, espera, que antes de que sigas hablando voy coger esta venda negra que tengo aquí en mis bolsillos para estos casos y me la voy a poner en los ojos. Ea, ya, ya está, ya puedes seguir hablando" . Adorar es una palabra demasiado fuerte eh. En fin, que no me quiero parar a hablar de los desengaños. Forma parte de mi cambio de/por hoy. 

Después de dos horas de estudio rápido pero, espero, efectivo y de una comida maravillosa me he tumbado en mi cama. He recorrido las cuatro paredes de mi querido santuario y poco a poco, a medida que el sol iba viajando por los recuerdos colgados y mi respiración se iba haciendo más y más profunda me he quedado dormida. 
He soñado con que mamá y yo discutíamos en el salón de nuestra antigua casa.  He creído abrir los ojos a las 7 de la tarde, pero cuando he despertado de verdad sólo eran las cinco y media, así que supongo que sólo ha sido un sueño. 
La vela gigante que hay encima de mi estantería está preciosa cuando el sol la mira, y la maceta que está a su lado hace una pareja maravillosa con ella. 
Me han despertado las caricias de las cortinas empujadas por la brisa que entraba por la ventana. Me han despertado unas caricias, y en medio de la belleza y la tranquilidad de mi habitación me he acordado de ti y de como suelo quedarme dormida en tus brazos cuando también me haces cosquillas, me das la mano para que intente levantarme del suelo, y tampoco quiero pensar demasiado en los desengaños porque vuelvo a creer en el cambio. Porque tú formas parte de mi cambio. 
Sólo escribía para decir esto. Ha sido un día tranquilo. En medio de esa tranquilidad pienso en la cara que tienes que poner cuando me velas el sueño y en los gestos sigilosos que concibes para poder tumbarte a mi lado sin despertarme. 
He pensado en ti segura de que te quiero como pocas veces he estado segura de algo. Porque estás aunque no estés. Y es que al final se trata de eso, de quien te lucha sin armas, te gana con hechos y no te abandona a pesar de las posibles derrotas. 
Cuando estoy tumbada en mi cama, en la tarde temprana, con la ventana abierta en mitad de un caluroso día de mayo y los rayos del sol templan mis pensamientos también encuentro cómos y porqués.