jueves, 9 de julio de 2015

Uno de los primeros fines de semana que salí en Sevilla, una chica rubia, puesta hasta las cejas, nos dijo a una amiga y a mi en la puerta de unos baños que Sevilla tenía magia, que sólo había que saber dónde encontrarla.
Esa frase se  nos quedó grabada  a fuego en la mente. La frase y la ronda de tequila que nos invitó por perder su apuesta de mear en menos de 5 segundos.
Ahí ya supongo que empezó un poco el hechizo y la magia.
Después de eso empezaron a llegar las casualidades. Las conversaciones en el balcón hasta las tantas, los "cumpleaños feliz" cantados a pleno pulmón por medio barrio del Juncal, las amenazas de denuncia como mejor regalo...
Llegaron mil soles espléndidos y el primer concierto en Pumarejo, y la vuelta a casa perdidos en lo que ahora es mi rincón favorito de Sevilla, una plaza perdida en mitad de ninguna parte.
Las tortillas enteras con rodajas de tomate para darle glamour, los primeros exámenes aprobados, la confianza en el piso, la primera discusión gorda, el calor en casa, porque era una auténtica casa...
Llegó ese día en el que no podía parar de llorar porque cumplía 18 y los míos no estaban, para al final darme cuenta de que había conocido a otros "míos" nuevos, y que no había perdido a nadie, que los de verdad siempre están.
Llegaron las sorpresas. Las peleas. Los "leoparda" y los "machista" sentada en la barra del bar a un camarero por pedir a las tías que se quitaran la camiseta por una copa gratis.
Llegó el no saber cómo habíamos conseguido llegar a casa sin que el taxista me echara del coche, y cómo conservar la dignidad hasta el último momento. Mis hermanas saben de lo que hablo.
Llegó con dos entradas para ver a mi cantante favorita y poco más hay que decir de alguien que no se considera detallista.
Llegó el calor en pleno invierno. Y una canción en diciembre que rezaba Octubre a dos centímetros, y que tardará en irse de mi cabeza.
Los exámenes del primer cuatrimestre superados. Tiempo. Tiempo para pensar y darse cuenta de que el tiempo se acaba.
Tiempo para temer perder algo que temes perder, valga la redundancia y la estupidez.
Cervezas en el Berlin. Muchos besos de cerveza, historias y una imagen constante en la que no paro de reír y de enfadarme. No si se alternativa o simultáneamente. Ya da igual.
Volver a las 4 de la mañana a casa  en la parte de atrás de un Sevici y amanecer con música, como quien sigue en un sueño.
El no poder más. Los profesores que no te inspiran confianza, las asignaturas que no avanzan, las ganas que ya no son las que eran. Un "No saber qué va a pasar" constante. Un "Me voy" tres días antes de irse. un "joder, vaya asco".
No poder parar de mirarle y pensar "bésale todo lo que puedas antes de que ya no puedas seguir haciéndolo".
Cansancio de no tener suficientes noticias. Cansancio de un "mucho" disfrazado de "nada". Cansancio del cansancio. Ganas de tener ganas.
Llegó la familia. La tranquilidad. El echar de menos por saber que vas a echar de menos...
Una mala noticia. Ella llorando. Era un jueves y todo parecía ir en contra. La gente con la que se suponía que íbamos a salir nos dejó tiradas, el calentador no iba y había helado de chocolate en su nevera.
Entonces nos desnudamos y fuimos buscando duchas libres por toda su residencia.
Acabamos en el baño de las americanas de abajo. Todo oliendo a humedad y el agua fría. Era abril y nos daba exactamente igual. Y salimos.
Salimos esa noche y del paso. Conocí al chico de mis sueños que terminó por protagonizar unas cuantas pesadillas en las que decía que no volvería jamás, y me lo creo.
Llegaron las fiestas, el descontrol, los "me da igual", "me la suda", "no quiero pensar".
Llegaron por casualidad muchísimas más casualidades. Llegaron muchos más fracasos, muchos más triunfos, muchos más plantones, muchos más sentirme sola, muchos más sentirme acompañada conmigo misma. Muchos más quererme y odiarme yo, a mi, me, conmigo.
Y los paseos por el río se repitieron una vez más, y me alegro. De verdad que me alegro.
Y ya no sé qué más contar. Ha sido un pedazo de primer año porque he aprendido todo lo que no esperaba aprender. Y a base de bien.
Y esto no es nada. Creo que no me paro más para que no empiece a doler.
Ha sido demasiado bonito para que acabe doliendo.
Gracias.
Uno de los primeros fines de semana que salí en Sevilla, una chica rubia, puesta hasta las cejas, nos dijo a una amiga y a mi en la puerta de unos baños que Sevilla tenía magia, que sólo había que saber dónde encontrarla.
Esa frase se  nos quedó grabada  a fuego en la mente. La frase y la ronda de tequila que nos invitó por perder su apuesta de mear en menos de 5 segundos.
Ahí ya supongo que empezó un poco el hechizo y la magia.
Después de eso empezaron a llegar las casualidades. Las conversaciones en el balcón hasta las tantas, los "cumpleaños feliz" cantados a pleno pulmón por medio barrio del Juncal, las amenazas de denuncia como mejor regalo...
Llegaron mil soles espléndidos y el primer concierto en Pumarejo, y la vuelta a casa perdidos en lo que ahora es mi rincón favorito de Sevilla, una plaza perdida en mitad de ninguna parte.
Las tortillas enteras con rodajas de tomate para darle glamour, los primeros exámenes aprobados, la confianza en el piso, la primera discusión gorda, el calor en casa, porque era una auténtica casa...
Llegó ese día en el que no podía parar de llorar porque cumplía 18 y los míos no estaban, para al final darme cuenta de que había conocido a otros "míos" nuevos, y que no había perdido a nadie, que los de verdad siempre están.
Llegaron las sorpresas. Las peleas. Los "leoparda" y los "machista" sentada en la barra del bar a un camarero por pedir a las tías que se quitaran la camiseta por una copa gratis.
Llegó el no saber cómo habíamos conseguido llegar a casa sin que el taxista me echara del coche, y cómo conservar la dignidad hasta el último momento. Mis hermanas saben de lo que hablo.
Llegó con dos entradas para ver a mi cantante favorita y poco más hay que decir de alguien que no se considera detallista.
Llegó el calor en pleno invierno. Y una canción en diciembre que rezaba Octubre a dos centímetros, y que tardará en irse de mi cabeza.
Los exámenes del primer cuatrimestre superados. Tiempo. Tiempo para pensar y darse cuenta de que el tiempo se acaba.
Tiempo para temer perder algo que temes perder, valga la redundancia y la estupidez.
Cervezas en el Berlin. Muchos besos de cerveza, historias y una imagen constante en la que no paro de reír y de enfadarme. No si se alternativa o simultáneamente. Ya da igual.
Volver a las 4 de la mañana a casa  en la parte de atrás de un Sevici y amanecer con música, como quien sigue en un sueño.
El no poder más. Los profesores que no te inspiran confianza, las asignaturas que no avanzan, las ganas que ya no son las que eran. Un "No saber qué va a pasar" constante. Un "Me voy" tres días antes de irse. un "joder, vaya asco".
No poder parar de mirarle y pensar "bésale todo lo que puedas antes de que ya no puedas seguir haciéndolo".
Cansancio de no tener suficientes noticias. Cansancio de un "mucho" disfrazado de "nada". Cansancio del cansancio. Ganas de tener ganas.
Llegó la familia. La tranquilidad. El echar de menos por saber que vas a echar de menos...
Una mala noticia. Ella llorando. Era un jueves y todo parecía ir en contra. La gente con la que se suponía que íbamos a salir nos dejó tiradas, el calentador no iba y había helado de chocolate en su nevera.
Entonces nos desnudamos y fuimos buscando duchas libres por toda su residencia.
Acabamos en el baño de las americanas de abajo. Todo oliendo a humedad y el agua fría. Era abril y nos daba exactamente igual. Y salimos.
Salimos esa noche y del paso. Conocí al chico de mis sueños que terminó por protagonizar unas cuantas pesadillas en las que decía que no volvería jamás, y me lo creo.
Llegaron las fiestas, el descontrol, los "me da igual", "me la suda", "no quiero pensar".
Llegaron por casualidad muchísimas más casualidades. Llegaron muchos más fracasos, muchos más triunfos, muchos más plantones, muchos más sentirme sola, muchos más sentirme acompañada conmigo misma. Muchos más quererme y odiarme yo, a mi, me, conmigo.
Y los paseos por el río se repitieron una vez más, y me alegro. De verdad que me alegro.
Y ya no sé qué más contar. Ha sido un pedazo de primer año porque he aprendido todo lo que no esperaba aprender. Y a base de bien.
Y esto no es nada. Creo que no me paro más para que no empiece a doler.
Ha sido demasiado bonito para que acabe doliendo.
Gracias.