jueves, 5 de abril de 2018

Blue.

Besarte es como besar unas alas abiertas.

Besarte es como besar una pequeña libertad, conociendo ya el sentido del vuelo.

Besarte es una caricia en el aleteo, una brisa templada en el beso que se acerca, caramelo de metal entre mis dientes.

Besar tu metal es como besar la libertad, sin importar ya el cometido del suelo.

Tu metal, cálido e irónicamente blando. Como instantes de felicidad - alta tensión.
 Pidamos un  deseo por fugaces.
 ‎
Tu mirada habla con mis labios. De tu luz secretos a voces. A voces tus ojos me piden la boca. A susurros tu boca me pide que me quede. Y por una vez me quiero quedar. Me quiero quedar en ese sentido de travesía siendo consciente de que besarte es como besar la libertad. Una libertad transparente y volátil. No hay memoria que valga si se trata de vivirte en presente.
 El ahora me hace grande y real y así, tan grande y tan real puedes tocarme. Y me tocas.
Tus dedos candentes y mis mordiscos a medio hacer bailan sonetos lentos.
 La inocencia se me quedó en la vergüenza que perdí con el tú y yo y el  aquí y ahora.
 ‎
 ‎Pero es que no lo entiendes y quiero que lo entiendas.

Que besarte es el batir del tiempo al que le da sentido tu fuga constante. Ya no hay espacio para indiferencias turbias, el compás sigue el camino que van marcando tus notas.

Pero es que no lo entiendes y yo quiero que lo entiendas.

Que besarte es como besar un lleno que se vacía pero que nunca llega a estar vacío. Un vacío nunca en acto ni en potencia. Besarte es besar una transformación.

Pero es que no lo entiendes y quiero que lo entiendas.

Que besarte es inflar el pecho sin afán y sentir ese afán cuando te beso.
Besarte es  elevarse sin intención de hacerlo.
Besarte es saber que  nunca seguimos la  misma dirección y que nos dé igual porque nos besamos.

Pero es que no lo entiendes y yo quiero que lo entiendas.

Yo te beso y siento que beso una libertad.
Un viento que me empuja y me lanza a una incertidumbre que sabe a polvos mágicos.

Joder, y tan mágicos.

Yo te beso y siento. Sin más.

Y que precioso es que seas, que te sienta y estés, que te toque y tú puedas tocarme mientras te beso antes de que emprendas el vuelo, una vez más.

Si tu metal se enfría todo deja de tener sentido, hasta que vuelves a abrir las alas y avivas el fuego que nunca, nunca, dejará de quemarte.

Resurges de tus cenizas como aquel famoso ave. Eso es lo que me gusta de ti. Que naces y mueres en cada batir.

Y yo ardo y me avivo con cada latir.

Ardo y me avivo sintiéndome sintiendo.

Besarte, esa libertad que siento cuando nos volamos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Juro que lo escribí un domingo (2).

"El sol de invierno está infravalorado". Hace unos días alguien asentía ante la afirmación. Poco más. Se me ha venido a la cabeza mientras saboreaba el primer sorbo/rayo de cerveza/sol en el paladar/piel.
Cada vez que vengo e inspiro la sal de sus días siento que se me curan las pupas, las del alma y las dudas, las del pecho y los miedos y los rencores, los del lado izquierdo.
Ella me mira y me sonríe. Sus ojos chinos lloran. Se limpia con la manga del chaquetón. Hablamos de no sé qué. Nos reímos.
Me alegro al pensar que no tendré tiempo. Se lo digo. "He hecho esto, esto y esto y aún tengo que hacer todo esto". Me mira. "Me gusta, creo que empieza a hacerme feliz."
Suena a la responsabilidad esporádica que me llegaba de niña y que me hacía sentir mayor. "Cariño, acostúmbrate, esto ya es para siempre". Pienso en quién sabe qué.
Sube el calor, me deshago del chaquetón.
Al dar la vuelta veo algo, más bien a alguien, que me llama la atención.
Viene con una pequeña nena rubia. Su hija. Un poco más tarde llega su pareja y otro pequeño en un carrito.
Se sientan en la mesa de al lado. Me mira. Respiro hondo.
Me doy cuenta entonces de que confundir a alguien por la calle tiene más que ver con imaginación que con miopía y  no entiendo cómo puede ser compatible el echar de menos un viaje de vuelta a casa con dolerse entre canciones de azúcar y limón y querer reír a carcajadas hasta quedarse sin aire.
Recuerdo que ese viaje de vuelta a casa también fue un domingo.
Hace unos meses conocí a alguien que me prometió celebrar mi despedida con fuegos artificiales y la intención de volver,  y ante la imposibilidad de las circunstancias, me sorprendió acercándome Argentina antes siquiera de desvelarle mis intenciones con Buenos Aires.
He recordado la mano en el volante, el no querer soltarme y todo lo que nunca fue verdad. Pero también los ánimos incondicionales, el perdón y desde ahora la imaginación, porque ya no estamos ciegos, porque ya no hay miopía. Ya sabemos ver. Ya sabemos esperar. Ya sabemos a qué atenernos.
Podría haber sido esta persona. Perfectamente.
Como tantas otras veces me siento la espectadora de algo que ya no tiene que ver conmigo. Tercera persona en una ruta en la que yo me perdí por otros derroteros. Una vez más. Me alegro. Me vuelvo a alegrar. Por qué no. Por qué si. Ya da igual.
Es más cuestión de imaginación que de miopía.
He he retirado a tiempo. He respirado  hondo.
"Mamá, el sol de invierno está infravalorado".
Me mira. "No cariño, yo no lo tengo infravalorado. El sol de invierno da la vida cuando llevas unos días con los huesos calados".

domingo, 25 de febrero de 2018

Para qué.

Ya no sé lanzar el primer verso.
Tampoco quiero hacerlo.

Tengo una chispa detrás de la oreja que no se atreve a hacerse volátil,
largarse con sus dudas
y provocar incendios en otra parte.

Me pregunta si en algún momento las rimas volverán.
No lo sé.-Le digo. No lo sé-

Los días pasan y no me explico por qué ventana se escapó el tiempo, de verdad que no.

El papel ya no me corta las ganas, pero la saliva siempre me sabrá a beso.

Ya no pienso en si lo necesito. Prefiero ahorrarme las carencias.
No me respondo cuando no sé contestar, me callo y el silencio siempre me responde.

Se me viene a la cabeza Bukowski con su reserva a medio avivar y no sé si seré capaz de mantenerme en la línea.
Los trazos tiemblan y me niego a sostenerme en miedos que ya no me pertenecen.

Me callo y el silencio siempre me responde.

Me siento las brasas.
Las brasas en el pecho y en la cabeza humo.

He dejado las ventanas abiertas. Aquí necesitamos que el tiempo sea libre y que el aire vuele.
Necesitamos mucho aire:
"Sedienta de oxígeno ignorante de serlo, ignorante y sedienta, no sé si me explico".

No hay nada que llevarse, no hay peligro.
Sólo puede que deje de oler a cerrado,
de llover sombre mojado,
y que los pasos se lleven volando todas las páginas a medio escribir.

Las llenas son mi memoria.
Las vacías son mi futuro.

El lápiz marcando el camino;
nunca he parado.
Ahí tienes la respuesta.

jueves, 15 de febrero de 2018

Ahora que no nos ve nadie.

Siempre he creído que me falta la paciencia que te sobra.  
Siempre la misma ficción incompleta. 

Tu eres todo el afecto que das y el amor que no te encuentras.
Yo soy todo el amor que imagino y el afecto que me invento cuando no me entiendo.

No es una mentira, 
tampoco realidad. 

Antagonismos indecentes se rinden a analogías improbables. 

Son verdades a medias
con complejo del corazón que no alcanzan a ser. 
Corazón que nunca es neutro, 
ni imparcial. 
Corazón que siempre se decanta
por la cara o por la cruz. 
Corazón victimista que quiere cargar con la cruz y se exhibe. 
Corazón que siempre se decanta, 
a veces a golpe de fracaso en el intento de mantenerse de canto
sobre el equilibrio imposible del que ya no se sabe la letra. 

Y cae sobre la cruz, siendo la otra cara también cruz.
 (Ay, mi Drexler)

Volviendo así a la ironía cruel del que queriendo no sabe y del que sin querer, tampoco puede. 

Se mantiene la moneda en su canto
imposible, 
echa a rodar
y huye
tarareando aquellas letras que alguna vez, nunca, siempre, también quiso olvidar

jueves, 11 de enero de 2018

Estoy escuchando Berlín, de Coque Malla.

Como siempre, esto iba a empezar siendo una carta para nadie. Así que en vez de andarme por las ramas con los "queridos" o  "mamá al fin comprendí, puedes estar tranquila" o comienzos que viniendo de mi en ningún caso serían insólitos, voy directamente al grano.
Creo que por fin empiezo a entender el desamor. Eso de que no era ese estado vacío en el que me encontraba cuando a quien creía querer, finalmente se alejaba. No era algo que llegara después, sino algo que es durante.
Creo que a raíz de entender el amor de verdad, el del calorcito de los que están cerca o  el de los de las señales de humo a quienes están lejos, empiezo a entender el desamor y a la inversa.
El desamor siempre es un no.
A mi me pintó castillos en el aire con el dióxido que le quedaba de robarme el oxígeno. Tonta de mi.
Era la ausencia a la que abrazaba por las noches cuando creí quererme, cuando quise creerme querida, pero no.
Porque el desamor siempre es un no.
El desamor era el que se callaba tantas veces cuando yo necesitaba palabras para respirar, el que se hacía el interesante con sus verdades a medias, sus mentiras a secas y al que le aburría quedarse un ratito más, haciéndome sentir absurda y estúpida.
El desamor huía sin explicación y siempre tenía excusas maravillosas y mil historias preciosas que contarme por cada burbuja de ficción que me estallaba en la frente. Tonta de mi.
El desamor también promete. Por no ser vulgar os diré que promete hasta que aterriza entre dos piernecitas secas y rojas de tanta fricción inútil, de tantas caricias frías y cariño estéril y falso. A correr. Yo me mantenía.
El desamor también decía ver un futuro conmigo, hijos jugando en el desván y rutas infinitas por América Latina.
El desamor me cantó, me recitó, me escribió y me lloró. Pero a mi también me hizo llorar.
El desamor se me puso celoso y me llamó zorra con la mirada. No hizo falta escupir desprecio por la boca.
El desamor, cuando no me quiso, no me lo dijo. Sencillamente se fue. Pero en realidad nunca se fue. Porque nunca me quiso. Porque no se puede ir algo que nunca estuvo. Porque el desamor es la ausencia del amor y ahora que lo entiendo ya no me parecen tan bonitos los "y si", los "puede" y los "ojalá".
Porque el amor te coge de la mano por la calle, o no, quién sabe. Pero te abraza cuando tienes frío y te entiende cuando tienes miedo. Pregunta a tus certezas, se calla prudente ante tus dudas y te deja ser, siempre, estando.
Ahora sé lo que es el amor. Sé que lo he vivido y pienso en presente y con cariño todas las veces en las que quise y me han querido tan de verdad. Sigo queriendo de verdad. Reconozco al amor por las calles, en el  sol del invierno y en los besos con lengua. En los ojos de los padres, en las memorias de un abuelo y en las historias que siempre se contarán por navidad. Reconozco al amor en la gente que mira sincera, a pesar del miedo, al presente.
Ahora que sé lo que es el amor, me he dado cuenta del pacto tóxico, no verbal que guardaba con el desamor. Ahora que lo sé y lo entiendo creo que lo entiendo todo un poquito mejor. Aun así el desamor no se irá, porque no puede irse algo que no está.
Y el amor podrá irse, claro, pero nunca será desamor. Porque el amor que fue estuvo, pero ese que nunca es, tampoco lo fue y por tanto, tampoco lo será.


domingo, 17 de diciembre de 2017

Pa' que.

No quiero generalizar. Supone en cierta forma elevar mi opinión en relación  a un "todo"  que se escapa de mi escasa experiencia. Tampoco quiero hablar sobre mi en concreto. Conlleva reducir todo aquello que se puede conocer a las vivencias de alguien que en función de sus ideas y percepciones tampoco puede ser objetiva. ¿Quien lo es, no?
No quiero afirmar ni dar las cosas por hecho, pero soy consciente de la necesidad de plasmar  oraciones concretas, meramente seguras, sean afirmativas o negativas, para describir o explicar un hecho o una idea. Es curioso que incluso las afirmaciones negativas afirmen algo, lo contrario que las propias afirmativas. Sé que teóricamente se denominaría "negar algo", pero sigo entendiendo que en el sentido estricto de la palabra "afirmar", negar también sería afirmar algo. (¿no?).
Tengo un profesor que más que de relativimismo habla de relacionalismo, y me parece estupendo. Hace poco le pedí bibliografía feminista. Entre los artículos, estudios y libros, incluyó un texto que a mi manera de ver es puramente filosófico(una rayada, vaya) de Celia Amorós (una máquina la señora). Empieza rebatiendo a Hume. Ojalá algún día pueda llegar a entender lo que decía Hume y lo que estaban intentando rebartirle. Aún llevo poquito, he de decirlo.
Pero ahora mismo no sé si en realidad la identidad propia, el yo,  no puede provenir de ideas o percepciones de uno mismo por ser estas variables y mutables mientras que la concepción de identidad no puede serlo. O sea, que primero está mi identidad y después las percepciones e ideas que yo tengo como tal. Pero ahora entran en juego la continuidad, el hábito y la constancia como mecanismo de consecución de la memoria. Pero es que a su vez la memoria establece la base para esas ideas y percepciones. Todo ello teniendo en cuenta el papel tan importante que tiene nuestra imaginación. Entonces, ¿la imaginación también forma parte de a identidad del yo?. Entiendo que la memoria depende de la imaginación. Sólo recordamos aquello que nos impacta lo suficiente (volvemos a las ideas y percepciones) y a su vez, la imaginación aporta y llena los huecos que no alcanza la memoria.Todo muy subjetivo, ya veis. ¡Qué complejo! y ahí me he quedado.
Llevo un par de días reflexionando sobre esto y me gusta porque me aparta de alguna manera de las típicas reflexiones sin sentido sobre asuntos que ya no tienen arreglo. Supongo que se debe a que tampoco hay nada roto, aunque una parte de mi, la cual no controlo, se empeñe en sentir que si. Vaya inercia triste, de verdad.
Tengo un amigo con el que cada vez que me pregunta por mi vida amorosa, le contesto que "es complicado". Él me responde entre risas que "siempre es complicado". (Después de lo que acabo de escribir, ¿CÓMO NO?) .
Entonces se me viene a la cabeza la teoría de Morin sobre que nuestra facilidad para el conocimiento o entendimiento se debe sobre todo a la forma en la que organizamos las ideas. Tomo consciencia entonces de la incapacidad que siempre he tenido para organizarme en condiciones.
Como encendió la mecha al preguntarme, prendí y ya no pude parar de arder hasta que llegué al final de mi explicación.
Yo os juro que no me gusta complicarme, aunque en el fondo un poquito si.
La cosa es que he tardado en darme cuenta de lo bonito que es vivir al día.Digo esto siendo consciente de que podré cambiar de opinión o de que la vida puede pegar un vuelco de golpe y a la mierda.
La cosa es que los días pasan y es liberador hacer lo que  sale de dentro. Sin nombres, sin compromisos, sin ataduras. Sabiendo que lo que se hace, se hace porque se quiere.
La libertad nos da la garantía de que aquello que se hace, se hace desde las tripas.
Este chico me estuvo hablando del "control de los sentimientos". Llegamos a la conclusión de que los sentimientos no pueden controlarse. Los sentimientos, las emociones, no son racionales, sencillamente son. Y vienen de esa manera tan natural y tan pura que es precisamente el control que pretendemos ejercer sobre ellos, el que amordaza y maltrata,  lo que duele.Porque muchas veces tenemos que acudir a otros sentimientos, menos puros, más "racionales" por la manera de buscarlos en lugar de que nazcan naturalmente de nosotros, para que ayuden al señor Control.
Los sentimientos no se controlan, y pocas torturas se me ocurren más dolorosas que intentar hacerlo.
Por eso volvimos a la idea de libertad. De disfrutar de los momentos que llegan desde la tranquilidad  gracias a esos sentimientos puros que llegaron cuando tenían que llegar, o que no llegaron porque no tuvieron por qué llegar nunca.
La cosa es que no sabía exactamente sobre lo que quería escribir.Tampoco me quedo muy satisfecha después de esto.
También he recordado por qué dejé de escribir diarios. Le doy tantas vueltas a todo  quiero recoger tantas cosas, que al final me cansaba de escribir.A lo mejor volver a hacerlo es la manera de aprender a sintetizar mis pensamientos. Quién sabe.
Hacía mucho que no pasaba por aquí y bueno, eso.
No me gusta volverme teórica pero como veis, he generalizado y concretado en mi tal y como no quería.
Conclusión: Es complicado, es complicado

jueves, 21 de septiembre de 2017

Pequeña luz.

Tengo una angustia en las tripas que lleva tu nombre. Lo sé porque muerde como tú lo hacías, con unas ganas tan insaciables que temo poder desaparecer de un momento a otro. Me palpo el cuerpo. Sigo. Pero no hay ni rastro de tus dientes. No hay restos. No hay nada. Te fuiste.
Tantas veces, tantas, deseé que no llegaras para no sangrarte cuando te fueras.
Tantas veces fui consciente de la inestabilidad de tus penas y quise quedarme para hacer música en tu pecho. Tantas.
Me he bebido todas las nanas rubias que nos mecían aquellas noches entre mi tormenta y tu vendaval.
Flotaban en mi habitación tus caricias inciertas y mis besos con lengua. Resbalaban con la saliva mis ganas por tu espalda, cogiendo carrerilla antes del salto al vacío que tú eras cuando no encontrabas en mi tus razones para quedarte un rato más.
Me devoro por dentro, como si pudiera tragarme desde el ombligo tras hacerme un ovillo entre tu abandono y mi redención.
Yo era tormenta, pero a veces tú eras el rayo. Fuiste más rápido que fuerte y te fugaste con tus dudas, dándole la razón a mis miedos. Ya no te admiran tanto como a tus silencios, tan exactos.
Seguiste el camino hacia tu horizonte rosa, que quisiste editar en blanco y negro y no puedo pedirte que vuelvas, así que tampoco voy a decirte que me alegro.
Simplemente estoy, me siento.
Tus palabras desbordaron los renglones que quisiste venderme, pero fui más fuerte que rápida y me mantuve en mi blanco perfecto, disparando de lleno a mis ganas de crearte, necesarias, siempre necesarias porque nunca más estabas.  Lástima que tu quisieras otra gama de blanco para tu negro.
Ojal-a me diera igual, pero siento todo lo que siento y lloro lo que no te escribo.
Tú, vendaval, otras veces eras la lluvia de mi tormenta y sólo te dejabas caer entre mis piernas.
Quisimos ser elementos naturales, libres en toda su extensión de alma y corazón, y lo único que hicimos fue desenmascarar así nuestra irracionalidad más humana.
Tú pensando en quedarte en mi invierno mientras esperabas a tu primavera mientras a mi cada vez me resultaba más difícil encontrar motivos para no florecer entre tus malas hierbas.