domingo, 19 de marzo de 2017

Trenes.

Ya he dicho adiós, y es curiosa tanta seguridad, porque suena bastante a "hasta luego".
Le he dicho a mamá toda mi verdad mientras la abrazaba. Confío plenamente en que haya sabido entender todo lo que nunca podré decirle con palabras.
Tengo calor. Sé que no es sólo por la temperatura.
He enfrentado al veneno sin la necesidad de buscar antídoto. Me he dejado atacar, en vano, y no para mi, obviamente. Dejarse atacar no implica dejarse ganar.
Supongo que no soy la única que sabe armarse de valor cuando la luchan con cobardía.
También he charlado con el silencio en lo que duran dos cervezas y media. ¿Que cómo? Con paciencia y pausas largas, de las de mirar al infinito fingiendo pensar en algo no lo suficientemente importante.
Le he dicho a mi fuerza que sea fuerte. Que luche. Que los futuros se forjan en presente y dejando al pasado descansar en su sitio, el tiempo que ya no vuelve. Y que conste que no significa no echar de menos, que joder, que extremistamente crueles podemos llegar a ser con nosotros mismos.
En un viaje infinitamente corto he llegado a la estación, viva, como siempre me siento antes de cruzar las vías.
Un chico se despedía de su padre en la puerta del tercer vagón, el mío.
"Ah, y feliz día del padre". Me ha sabido a reconciliación, creo saber por qué. No he podido evitar sonreír. El papá me ha devuelto la ilusión con una mirada cómplice.
El chico se ha sentado a mi lado. De hecho, está viendo como escribo desde el otro lado del pasillo.
Son las 14:57; mi tren está a punto de salir. Me siento optimista.
Una abeja ha entrado en el vagón, ha revoloteado por encima y ha pasado de largo.
Ya no hay peligro de veneno.
Estoy tranquila.
Son las 15:00 y empieza el viaje.
Son las mismas vías, tren y trayecto. Pero yo no me siento la misma.
Ya he dicho adiós.
Estoy a punto de gritar ¡Hola!

No hay comentarios:

Publicar un comentario