viernes, 16 de diciembre de 2016

Mi declaración de intenciones. Te pido perdón.

Esto, más que una carta, es una declaración de intenciones. Tengo la necesidad de atrapar todo lo que suena negro en mi cabeza y lastima por dentro, aun con la certeza de que va a seguir lastimando. Hasta para pedirte perdón soy egoísta. ¿Ves? No seas ciego, por favor. Que intento traer mi verdad, colocarla por delante y que se convierta en nuestro escudo.  Y es que ahora todo se ve más nítido porque ya no hay lágrimas que difuminen la escena, porque ya ni siquiera somos los actores principales. Nos hemos convertido en público de nuestra propia historia.
Quiero decirte que no me arrepiento de nada que haya contribuido a esa felicidad tan sincera entre tantísima catástrofe. Quiero que sepas que para mi era un regalo cada carcajada tuya y por eso sonará hipócrita todo aquello por lo que hoy vengo a pedirte perdón. Así que, de cualquier manera, ahí va:

Perdona por agobiarme cuando sólo pretendías preocuparte por mi. Es lógico que tuvieras miedo si me has visto disolverme entre las sábanas tantos lunes por la mañana.
Perdóname, de verdad, por todas las veces en las que mis "nada" lo eran "todo", y no tenía ni voz ni ganas para encontrarme.
Perdona por enfadarme cada vez que me contabas tus problemas en mitad de nuestras discusiones. Por darte a entender que así te lo llevabas todo a tu terreno.
Perdóname por todas las veces que me subía encima de algún escalón, banco o portal para decirte "Ahora soy más alta que tú", porque en ningún caso te hacía justicia.
Perdóname por todas las veces que no quise entenderte.
Perdóname por no buscarte en cada esquina cuando salía a la calle por si, por casualidad, eras tú la mirada brillante que intuía sobre mi cuando no me fijo en nada.
Perdona por todas las veces en las que me pedías verdad y yo te contestaba tan bajito que parecía mentira.
Perdona también los gritos; no quería que me conocieses vulnerable.
Perdona los reproches en los que siempre me quejaba de que todo lo que propusiera te pareciera bien. Sabía que se trataba del cuándo y del con quién y no del dónde ni el cómo, pero tardé en entenderlo de verdad.
Perdóname por hacerte llorar el día de tu cumpleaños. Sé que tú sólo querías compartirlo conmigo y fui yo la que no supo estar a la altura.
Perdona por las veces en las que te hice sentir culpable al echarme a llorar. Ahora sé que no era por ti, sino por mi incapacidad de canalizar los sentimientos.
Perdón por mi toxicidad. Por mi mal momento.
Una vez te dije que me daba miedo que lo nuestro sólo funcionara mientras uno de los dos necesitaba apoyarse en el otro y después acabara. Ahora piensas que lo dejé por no necesitar apoyo, pero en realidad es que siendo consciente de todo esto, tendría que haberte dejado flotar y haberme hundido yo sola.
Perdona por todas las veces en las que me mirabas para hablar y te apartaba la mirada, no es que me sobraran motivos, es que me faltaba valor.
Perdona por soltarte de la mano cuando íbamos por la calle esos días en los que soy blanco y negro a la vez, sin grises a pachas. Necesitaba un espacio que solo me sé dar yo misma y sabiéndolo, pocas veces te lo dije.
Perdona por hacerte creer un inmaduro dándomelas de adulta, cuando yo era la única niña que se dejaba consentir entre rabietas de algodón. Puta caprichosa de los cojones.
Perdona por no comprender que no pudieras verme en verano. Perdona por el egoísmo de mis viajes, por ese todo o nada entre mi "yo" y nuestro "nosotros".
Perdona por ese miedo a "el final", que lo pintaba demasiado cerca para lo que nos lo merecíamos.
Perdona mi falta de ganas los viernes por la tarde o los sábados por la noche, y el imán de mis brazos que te llevaba hasta esa vorágine de destrucción llena de lágrimas, sólo tranquila en la quietud de tus brazos.
Perdona mi chantaje sexual. Retenerte para que me comieras a mi en lugar de dejarte ir a que te comieras el mundo. Perdóname.
Perdona por todo lo que te di a entender, y que al entender bien, te hizo mal. Perdóname.
Perdona por hacerte creer que no cabes en mi vida, cuando la única realidad es que a veces no hay sitio ni para mis propias ganas.
Perdona por mi dependencia, mi debilidad y mis miedos. Sé que siempre lo aguantabas con amor, pero eras quien menos se lo merecía.
Perdona. Perdona por haberte necesitado en lugar de haber sido libre contigo.
Perdona por las dudas, que al final, acabaron por darme la razón, y hoy se han convertido en las certezas que me mueven a escribir esta carta.
                                                                                         Ya no te hiero más.
                                                                                           Quererte siempre.
Aunque como ves, yo nunca he sabido demostrar las cosas y aun quiero pensar que no es por falta de cosas que demostrar.
De verdad.
Perdona.
 

Pau. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario