viernes, 30 de septiembre de 2016

Juro que lo escribí un domingo.

Hace un año y medio Manuela y yo despertamos en Redes.  Una mañana de esas en las que el sol no te deja ver lo que tienes delante,  pero si sentirlo, sentirlo fuerte.  Era una mañana de esas en las que la resaca apenas te deja dar tres pasos. Los necesarios para llegar a la cafetería de la esquina.  Café e ibuprofeno. No era para tanto,  pero me gusta recordarlo así.
Era viernes.  Recuerdo haber despertado muchos viernes en casas ajenas.  No muchas,  lo prometo. Los viernes no había clases.  Los jueves las penas eran directamente proporcionales a las ganas de reír y salíamos. No todos,  no muchos,  pero si los suficientes. Sí los necesarios.
Aquel viernes paseamos por la plaza del museo.  Los yonkies se reían.
Manuela empezó a contarme que todos los domingos se montaban mercadillos de arte,  que la plaza se llenaba de pintores y musas, de brisas de óleo y canela,  de brillos de jazmín y azahar.
"A veces pienso que un día pasaré por aquí y uno de estos pintores me mirará,  y cuando lo haga no tendrá más remedio que pintarme.  No sabes como me gustaría ser la musa por una vez. La musa de alguien que me ve bonita, tanto,  como para querer plasmarme ahí. ¿Te imaginas?  vería mi cuerpo pintado sobre un lienzo expuesto en el mercadillo.  Sería surrealista que alguien me tuviera en su salón ¿no crees?  para morirse de risa." Manuela se reía y yo con ella.  Me ponían contenta sus idas de pinza.  Da gusto tener amigas así.
Hoy,  un año y medio después, a las 1:30 de la madrugada, estoy tirada en la cama pensando en esto.
He vuelto a pasar por esa plaza por casualidad y allí estaba el mercadillo.  Era domingo y la atmósfera era perezosa y brillante, lenta y acogedora, con la típica dulce agonía de este último día de la semana.
No he podido resistirme a pasar y mirar. Me he perdido en tres calles de cuadros, fotografías, pañuelos y colgantes multicolores.
No sé qué estaba buscando.  Sí a quien.  Moría de ganas de que algo pasara,  de que mi intuición tuviera razón y poder contarle a Manuela días después que las casualidades existen, que el destino también y que las mujeres tenemos una intuición maravillosa.
Esperaba que alguien me tocara el hombro para decirme por fin "Tranquila, estoy aquí ".
Me quedé mirando un cuadro en el que un chico estaba recostado con un gato encima.
Cuando levanté la vista,  el chico que llevaba ese puesto me miraba,  obviamente con la intención de venderme algo.
Me fui.
Caminé por Sierpes y Tetuán como buscando algo que no llegaba a encontrar. Porque las casualidades buscadas ya no son casualidades.
He llegado a casa a la hora de comer sin ganas de comer.
Sin saber qué buscaba pero sí a quién. Un conjunto de voces queridas agarrandome del hombro jurandome "tranquila,  estoy aquí".
Esta tarde he ido a un pequeño concierto con unos amigos.  He vuelto a tener el presentimiento de que algo iba a pasar.  Pero no ha pasado.  Por un momento he perdido a uno de ellos, y cuando veía que le buscaba me ha agarrado del hombro "Estoy aquí " lo sé, lo sé.
Y nada.
El día ha sido bonito.  Me gusta que mi intuición tire de mi vida de vez en cuando, como caminar con los ojos vendados,  sin saber hacia dónde te diriges pero en el fondo segura de que no será un lugar desagradable.
Y aquí estoy.  En mi cama.  Pensando en todo esto.  Sólo llego a una conclusión:
Al final para encontrar vamos a tener que salir sin buscar.
Y que diga la vida, y que viva la dicha, y que diga lo que quiera, que está para vivirla.
Si,  definitivamente tengo que estar tranquila.  Estoy aquí.
@Celesteregner

No hay comentarios:

Publicar un comentario