martes, 10 de noviembre de 2015

La buena historia que se escribió entre dos.

Estamos en una casa rural. La típica cabaña de madera en mitad de un "ninguna parte" lleno de árboles y caminos perdidos entre la nieve y más nada vestida de noche. Las cortinas, alfombras, tapetes y colchas son iguales. Mil colores cálidos, como sacados de una película de indios americanos. Nosotros haciendo el indio. Claro, sin duda es el escenario perfecto. La chimenea está encendida, los pocos metros cuadrados calentitos, los cristales de las ventanas empañados y yo... No llevo camiseta, quién sabe si acabaría en el fuego en un arrebato. Como ya he dicho, fuera se intuye el aire frío, las ramas de los árboles tiritan y nosotros las miramos plácidamente mientras nos tomamos un buen chocolate caliente. Me he traído mi manta, tu favorita. Esa de cuadros tan suave que no se te ocurre soltar en los viajes y que te abraza cuando yo aunque quiera, no pueda hacerlo.
Tú estás medio dormida encima mía en el sofá. Los dos hablamos de cosas sin sentido, riéndonos de todo y de nada. Tú me dices por no quedarte dormida que nos tiremos al suelo, que la alfombra que hay enfrente de la chimenea tiene buena pinta, y yo te pregunto que dónde te imaginas estar cuando, antes de acabar la frase, ya me has respondido que no habría lugar ni momento mejor que este.  Y lo hacemos. Lo hacemos despacio. Lo hacemos despacio y bonito. No hace falta dar más detalles.
Luego nos quedamos muy relajados, como siempre, hablando de lo bien que estamos. Te digo guapa cerca de 100 veces aun a riesgo de que me parezcan pocas y tú te ríes, o escondes la cara entre tu pelo, o me dices que si, que lo eres, como rindiéndote a la imposibilidad de que yo pueda pensar por un momento lo contrario. Hablamos de algo profundo, de ideas sueltas... Te recuerdan a las historias que necesitabas que te contaran por las noches para dormir cuando eras niña y poco a poco voy sintiendo como la respiración que tienes en mi pecho se va haciendo más y más profunda. Me relaja. Me relajas. Tu mano va ascendiendo hasta mi cara y me acaricias despacio, recorriendo los párpados, la nariz, la boca... Y nos vamos quedando dormidos.  Me alegra saber que sigues siendo una niña conmigo, que podemos seguir jugando como dos niños a ser mayores en lugar de ser dos mayores que se comportan como niños. Te abrazo y aunque tú ya no te des cuenta, te beso en la frente. Buenas noches Paula.

Y esto es lo bueno de algunas personas, que con sólo estar te transportan a lugares en los que nunca te habrías imaginado estar.