lunes, 15 de junio de 2015

Chalomot Shel Acherim

Podría jurar que esa nube tenía forma de bebé, de muñeco de plástico, como aquel con el solía jugar cuando era pequeña. Y todavía más que cuando él me señaló la de la izquierda, había un delfín, pequeño y gordito. Coincidimos. Se ríe. Nos reímos.
El sol jugaba con nosotros al escondite, al cucú trás trás, al pollito inglés. El sol jugaba y de vez en cuando se dejaba ver, y casi nos quemaba la piel...
La brisa en su punto. Punto y seguido. La historia continúa.
No recuerdo en qué momento su cabeza fue a parar a mi barriga, otra vez. Nunca tendría que haberse separado de ella. Nunca tendría que haber sentido la necesidad de que se separara. Su brazo izquierdo acariciándome el pelo, su mano derecha sobre su estómago, acariciando la mía. Casi tan sutil como las hojas que caían del árbol que nos regalaba un poco de sombra.
No recuerdo en qué momento empecé a acariciarle. Ni tampoco en qué momento volví a sentir la necesidad de besarle. Como si nada hubiera cambiado en absoluto.
No recuerdo en qué momento acabé recostada en su pecho. No lo sé.
No recuerdo en qué momento cogió el teléfono recibiendo malas noticias y sólo tuve ganas de abrazarlo.
No recuerdo en qué momento le besé en el cuello, de espaldas y lo sostuve como si no hubiera mañana, porque, efectivamente, no lo habría.
No es una piedra con la que tropezar. Es quien me animó a perderme por las calles y luego sé animó a perderme a mí. Es cambio. Y es un constante sentirme ridícula sintiendo lo que siento y verme sola en esto.
Hay tantas cosas que no puedo evitar..
Como no poder dejar de pensar que demuestra más que lo que dice, aunque piense que siente menos de lo que cree.
Y ya está, pero no está.
Me quedo con la sensación de querernos sola y una canción nueva que me recuerde a besos de sol y una Sevilla naranja en la que sigo siendo distinta, pero con las mismas palabras.


No hay comentarios:

Publicar un comentario