jueves, 21 de marzo de 2013

Capítulo x de una historia que nunca ha empezado.

Todo empezó en una mañana de aquellas. Una de esas en las que no te esperas nada del día que está por llegar ni de la noche que estará por devorarlo. Un frío helador queda desbancado por esas sábanas tan suaves de franela. Las de rayas de colores que mamá compró por navidad. La navidad. Parecía mentira que hubiera pasado tan deprisa, y mira. Ahí estaba yo, incapaz de levantarme de la cama. Saboreando el calor de los sueños de aquella madrugada en la que todo sabía a "no logro recordar". El aire corta la piel a tiras, y las ganas. Estiré el edredón torpemente y me enfundé en una sudadera bien ancha. Me arrastré a través del pasillo. Pies de plomo, como mis ansias por llegar hasta el espejo del cuarto de baño. Ojeras. Creo que no había visto tantos colores desde la pasada carroza del día cinco de enero, y eso era triste. Puntas onduladas, abiertas, oscuras. Marcas de acné, puntos blancos, negros e incluso verdes. Eso si que era una completa maravilla, una explosión de sabor. Como se puede comprobar, soy negativamente subjetiva por las mañanas. Agua templada cubriendo mi cara. Surcos secos. Gotas que se escapan y corren y no paran, y se precipitan y mueren en mi pecho, y el tesoro de esas motas heladas resbalando por mi cuello. Esto no tenía arreglo, no al menos hasta el mediodía, cuando el cansancio se contrarresta con el hambre y ya no le doy tanta importancia. Una mañana tranquila, en una clase rebosante. Primer y segunda hora de párpados arrebatados. Tercera y cuarta de atención incondicional .. Y quinta hora. Y ese es el momento exacto. Una quinta hora de aquel día del que no recuerdo el número, solo la entrada triunfal por ese pasillo y la decepción de no poder volver a casa por falta de ausencias, valga la ironía, la paradoja, lo que sea. Mira de arriba a bajo a todos y cada uno y sonríe. Su sonrisa es desbordante. Inquieto, mueve la cabeza de un lado a otro, intentando parecer activo. Y lo logra, por supuesto que lo logra.
El tiempo sigue calando mis huesos y le doy más importancia al calor que parece transmitir este personaje rápido y ágil. Transmite confianza y yo me aferro a eso como a un clavo ardiendo. No hay más y no necesito más en ese momento. No hay más detalles ni más historia. Eso es todo. Una mañana que no amaneció, crucé por mitad de la calle como quien traspasa su pasillo de madrugada hasta llegar a mi rutinario destino, y por casualidad o quizás porque mi subconsciente pretendía hacerme un favor, apareció algo que me hizo ver como surgía el sol de entre los edificios de la calle Oriente. No lo llaméis persona, podéis llamarlo sensación, o problema, porque nunca se sabe. Podéis llamarme manifestante ganadora o perdedora. Podéis llamarme Pau, o "Paula está sola, a por ella" como gritó él ante semejante espectáculo del que nunca me abstengo de formar parte. Mi estúpido miedo al ridículo me estaba haciendo perder muchas cosas, entre otras reírme del frío que hiela las calles, del vaho donde solía escribir ese  "Buenos días mundo" que empañaba mi ventana, de mis ojeras o de las marcas de acné. Me estaba perdiendo otros comienzos de una mañana de aquellas...